Editorial.

El “camino de la humildad”

Bogotá
  • La significación de la Semana Santa
  • Un tiempo para la reflexión personal

 

La masiva afluencia ayer de los colombianos al inicio de las celebraciones propias de la Semana Santa confirma, una vez más, que la religión católica, apostólica y romana continúa siendo mayoritaria. Sin duda se trata de un hecho trascendental no solo porque en nuestro país la libertad de culto es un mandato constitucional acendrado sino porque con el correr de los años han surgido multiplicidad de confesiones religiosas, todas ellas válidas y respetables. Ninguna, eso sí, ha podido desplazar al catolicismo, cuya vigencia es incontrastable y tuvo su máximo punto de reiteración con la visita del Papa Francisco a nuestra nación hace año y medio, y cuyo eco aún se escucha en el corazón de la feligresía.

Precisamente ayer, en su homilía por el Domingo de Ramos, el Pontífice hizo una profunda reflexión sobre el sentido y el mensaje de la entrada de Jesucristo a Jerusalén, y cómo aplicarlo a la atribulada vida de la sociedad contemporánea, sobre todo por parte de los católicos. “Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de ‘hacer su trabajo’ decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre”, explicó el máximo jerarca de la Iglesia en El Vaticano, procediendo luego a extrapolar dicha interpretación para significar cómo el facilismo y la trampa son la vía viciada a un falso triunfalismo, cuando lo que verdaderamente vale es el “camino de la humildad”.

Según el papa Francisco “el triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados... Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión”.

No es fácil encontrar ese camino de la humildad, ya que es un ejercicio íntimo y muy profundo. No en vano el cardenal colombiano, monseñor Rubén Salazar Gómez, recordaba ayer a los católicos que esta Semana Santa debe ser aprovechada para hacer un discernimiento personal y, sobre todo, escuchar la palabra de Dios. “Dediquemos un poquito de tiempo al recogimiento, a escuchar la Palabra de Dios, a participar en las celebraciones litúrgicas, pero sobre todo a entrar en una profunda revisión de nuestra vida, para que de esa manera podamos celebrar dignamente estos misterios y llenarnos de la luz, de la fuerza, de la gracia que Él nos da”, afirmó el Prelado.

 

En entrevista dominical con este Diario el presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana, monseñor Óscar Urbina, advertía que “estamos en una sociedad que no tiene tiempo”. De allí que el alto jerarca insistiera en que el mensaje central de la Iglesia en esta época fuera el de una invitación a volver a Dios y al encuentro con nosotros mismos, tanto desde el punto de vista individual como familiar. Un tiempo para escucharse. Para reconciliarnos, también. Recalcó, por ejemplo, la satisfacción que produce ver a familias enteras participar de las celebraciones de la Semana Mayor, desde los más adultos hasta los niños.

Arrancó, pues, la Semana Santa. Para los católicos es una época muy especial y así lo evidencian los tres mensajes referidos. Claro, también debe haber tiempo para el descanso y, sobre todo, para alejarnos por unos momentos del agitado ritmo en que vivimos todos los días y a toda hora, sin tener un espacio, así sea pequeño, para la introspección y la reflexión sobre el papel de cada quien consigo mismo, su familia, el entorno y la sociedad.

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