Editorial.

La imprevisión invernal

Bogotá
  • Carrusel de tragedias anunciadas
  • Un sistema de emergencias sólido

 

 

Cada vez que en Colombia se presenta una tragedia invernal, en medio del dolor y la indignación por las víctimas mortales, los heridos y las pérdidas materiales, surgen multiplicidad de hipótesis sobre las causas directas e indirectas de la catástrofe de turno. Con lo ocurrido el fin de semana en zona rural de Rosas (Cauca), en donde un deslave se llevó por delante ocho viviendas, causando la muerte a una veintena de personas, se repite la historia. Las autoridades del orden nacional, departamental y local se cruzan señalamientos, al tiempo que se descargan culpas en anteriores administraciones, todo ello mientras los entes de investigación y control anuncian sendas pesquisas con el fin de establecer responsabilidades, ya sea por acción y omisión, y aplicar las más drásticas sanciones penales, disciplinarias y fiscales a que haya lugar…Y eso sin contar los asomos de demandas al Estado por parte de los perjudicados.

Ya serán la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría las encargadas de ahondar sobre todas las circunstancias que rodearon la que se ha calificado como “tragedia anunciada” en Rosas e individualizar, si es que las hay, las respectivas culpabilidades. Por ahora lo único que se puede hacer es acompañar a las familias afectadas y procurarles la máxima asistencia para soportar tan dramática situación.

Sin embargo, es necesario que el país empiece a pasar de la etapa de las lamentaciones a la de las decisiones. Si bien es cierto que nadie niega que Colombia es uno de los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, no podemos ahora caer en el expediente facilista y huidizo de culparlo de toda tragedia, menos aún de aquellas que se precipitan pese a estar advertidas con la suficiente antelación. Y tampoco podemos tomarlo de excusa para no aplicar a tiempo las medidas de prevención, mitigación, reparación o reconstrucción del daño potencial o ya causado por las intensas lluvias.

Hay que ser claros: Colombia es los países suramericanos que tiene un sistema de atención de emergencias y prevención del riesgo mejor estructurados, con mecanismos consolidados ya a nivel regional y local. De hecho ya son toda una política pública.  También es de las naciones con más estudios sobre los riesgos derivados de la fuerza de la naturaleza. Incluso ha sido pionera en la adopción y activación de estrategias de adaptación al cambio climático. Es más, tiene estudios de amplio detalle territorial que permiten identificar las zonas de mayor riesgo por contingencias climáticas. Una prueba de ello es, por ejemplo, el último Estudio Nacional del Agua, revelado en su totalidad hace pocas semanas, según el cual alrededor de 3,2 millones de colombianos están expuestos a inundaciones. La misma investigación reveló que muchas de las zonas propensas a anegarse eran humedales o áreas de cuencas hídricas que fueron invadidas por la frontera agrícola o desarrollos urbanísticos desordenados y antitécnicos en donde ni siquiera se realizó un estudio serio sobre las implicaciones del cambio de uso del suelo. También es sabido que al menos un tercio de los municipios tienen riesgo de desabastecimiento de agua, en tanto que la deforestación -causa principal en muchos deslizamientos de tierra e inundaciones- está disparada, al punto que en solo 2017 se perdieron 220 mil hectáreas de superficies boscosas…

Es precisamente por todo lo anterior que hoy las instituciones de vigilancia y control advierten a ministros, gobernadores y alcaldes, así como a muchas dependencias de distinto orden, que cuentan con la información y herramientas suficientes para adoptar planes de contingencia que permitan prevenir o al menos disminuir el nivel del riesgo en las temporadas de invierno o verano, cuya estacionalidad continúa siendo muy marcada pese al impacto gradual de los efectos del cambio climático. De hecho, en estas páginas hicimos eco al campanazo que a comienzos del año dio la Procuraduría General a todas las autoridades respecto a activar los mecanismos para afrontar las emergencias derivadas del Fenómeno del Niño que estaba en su pico más alto de intensidad, como luego de una época invernal que ya se vislumbraba muy drástica, sobre todo en la segunda quincena de abril, tal como hoy está ocurriendo.

Como se dijo, existe todo el andamiaje institucional, normativo, presupuestal y sistémico para hacer frente con un alto nivel de solvencia a los desafíos climáticos. Obviamente hay circunstancias imposibles de prever, como es propio de la fuerza imparable de la naturaleza. Pero también hay muchos riesgos advertidos en donde es evidente la falta de diligencia oficial, falencia que no en pocas ocasiones cuesta vidas, sobre todo de personas con alto nivel de pobreza y vulnerabilidad. Es frente a estos últimos que Colombia debe pasar de las lamentaciones a las decisiones oportunas y eficaces. Solo así habrá menos tragedias que lamentar.

 

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