Las mujeres de 1819 | El Nuevo Siglo
Miércoles, 7 de Agosto de 2019

ESPECIAL BICENTENARIO

Luis Henrique Gómez Casabianca

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Cuando se inició el año 1819, la Nueva Granada continuaba sometida al Régimen del Terror, implantado por Morillo y Sámano.

Aunque el general Morillo se había desplazado a Venezuela, en Santafé de Bogotá seguía despachando y dirigiendo la represión el virrey Juan Sámano, quien, refiere Arciniegas (2009, 98) “era viejo, cojo y algo jorobado, de carácter díscolo, algo regañón y muy cruel con los patriotas”. Los fusilamientos aún continuaban en 1819.

Enfrentando la represión y luchando contra el desaliento, en ciertas regiones de la Nueva Granada se mantenían focos de resistencia, algunos de los cuales eran apoyados o dirigidos por mujeres. En los llanos del Casanare, el grupo de Santander recibía un considerable apoyo, en ganado y caballos, de la hacendada María Rosa Lazo de la Vega. Al norte de Cundinamarca, el grupo de los Almeyda era patrocinado por la hacendada Gertrudis Vanegas de Vásquez. En El Socorro  actuaba un grupo organizado por doña Antonia Santos

Muchos de los líderes del movimiento independentista habían caído en los campos de batalla, otros fueron ejecutados, muchos se encontraban prisioneros y no pocos habían optado por ocultarse en remotos parajes.

En la capital, las mujeres, esposas, novias, hermanas, hijas y madres de aquellos patriotas sufrían lo indecible, se preguntaban si volverían a verlos y cuándo terminaría aquel suplicio. A algunas de estas damas y a sus familias les habían sido incautados sus bienes y padecían el castigo del destierro en modestos poblados. Entre ellas, mencionemos a:

Doña Andrea Ricaurte de Lozano, quien liderara el grupo de Policarpa, tras el fusilamiento de ésta, fue desterrada a la población de Fusagasugá, a donde la condujeron a pie, junto a su nieta Dolores Vargas.

Doña Josefa Baraya quien participó en los sucesos del 20 de Julio, fue desterrada con sus hijos al pueblo de Manta.

Doña Dolores Nariño (hermana del precursor) fue llevada a Zipacón con sus hijas y sobrinas Mercedes e Isabel. “a donde -indica Monsalve- se las obligó a marchar a pie y bajo la vigilancia de soldados indignos y soeces”.

La maestra Bárbara Forero, natural de Zipaquirá, por haberse presentado a arengar en público, había sido desterrada a Suesca.

Carmen Rodríguez de Gaitán, quien participara en el grupo de Andrea Ricaurte y Policarpa Salavarrieta, se encontraba en prisión.

 

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Probablemente nadie sabía ni imaginaba en la sufrida capital del virreinato que una fuerza libertadora se acercaba desde los Llanos Orientales. Era un ejército al mando de Bolívar, a quien acompañaban los generales Santander, Anzoátegui, Soublette y los oficiales París, Lara, Morales, Córdoba, Almeida, Ibarra y Rooke, al mando de la Legión Británica, para un total de unos 2.500 hombres. Los patriotas se habían trazado el plan de cruzar los Llanos, ascender la cordillera oriental, cruzar el páramo de Pisba para llegar a Boyacá, enfrentar al ejército del coronel Barreiro y avanzar hacia la capital. El 22 de junio, el ejército de Bolívar salió de Pore y empezó a remontar la cordillera, el 27 la vanguardia de Santander se anotó un triunfo en Paya y entre los días 1º y 6 de julio, la fuerza expedicionaria atravesó el páramo en medio de sufrimientos inauditos a causa del frio, las lluvias y la fatiga.

Varias mujeres colaboraron con el denodado esfuerzo que implicó el cruce de la cordillera por el ejército patriota. Algunas como “juanas”, auxiliares o enfermeras, otras entregándole ropa, caballos y hasta sus hijos, como lo hicieron Matilde Anaray, Casilda Zafra y Juana Velasco de Gallo.

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El 10 de julio, una avanzada patriota fue batida cerca al pueblo de Gámeza y 37 de sus integrantes capturados, al igual que una jovencita que había acudido a ayudarlos, llamada Juana Escobar. En un acto sanguinario, Barreiro los hizo amarrar de dos en dos, espalda con espalda, y lancearlos. Un nuevo combate se libró en la peña de Tópaga, el 11 de julio y en él lograron imponerse los patriotas.

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Antonia Santos

El general Páez debía avanzar hacia Cúcuta para dividir a las fuerzas realistas que guarnecían la cordillera, pero no lo hizo. En cambio, una tarea similar cumplió la joven Antonia Santos. Había organizado una guerrilla patriota –la de Coromoro- desde su hacienda El Hatillo, provincia del Socorro. Ibáñez señala: “La señorita Santos fue el ángel protector de aquellos valientes patriotas; ella vendió sus joyas y sacrificó su caudal para auxiliar los soldados independientes”.

El grupo de Antonia Santos lanzó una serie de acciones ofensivas contra los realistas, entre ellas una que consiguió detener la columna del general Sebastián Calzada que acudía desde Venezuela a sumar sus fuerzas con las de Barreiro. Esto, no sólo privó a Barreiro de tan importante refuerzo, sino que lo obligó a dividir su ejército. Hacía esa zona envió al capitán Lucas González, con la orden de aplastar ese movimiento insurgente. Partió al frente de 800 hombres, prueba de la importancia que Barreiro daba a ese cometido

Una partida realista tomó por sorpresa a Antonia en su hacienda El Hatillo. Se la sometió a consejo de guerra y fue condenada a muerte con cuatro compañeros. Ella se mantuvo firme y ante las amenazas e interrogatorios, mostró una voluntad indeclinable.

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En la provincia de Tunja

Otras mujeres, no obstante, vistieron el uniforme militar e incluso llegaron a empuñar la lanza o el fusil. Nelly Sol Gómez menciona a Juana Béjar, casanareña, excelente jinete y muy hábil con la lanza, quien “fue aceptada en el ejército patriota para participar en los combates y alcanzó el grado de sargento primero de la caballería”.

La valiente Simona Amaya, nacida en Paya, se sumó al ejército, vistió uniforme de hombre y murió luchando contra el enemigo en el Pantano de Vargas. También participaron en esta batalla Teresa Cornejo y Manuela Tinoco.

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Refiere Nelly Sol Gómez que “Antonia Santos tenía 37 años cuando el 28 de julio de 1819 -3 días después de la Batalla del Pantano de Vargas- fue fusilada. Con humildad cristiana, vestida con hermoso traje negro, su cabellera suelta haciendo resaltar la blancura de su piel, sin abatimiento ni altanería y con la frente serena, marchó con paso digno al patíbulo, entre las filas de soldados (…)”.

Su ejecución produjo una ola de furor que llevó a numerosos paisanos a unirse a los grupos de resistencia que enfrentaban a las huestes del cruel gobernador.

Tras el fusilamiento de Antonia Santos, el capitán González recibió orden de Barreiro de regresar para unir sus fuerzas con él. “En cumplimiento de esa orden, González marchó con unos 800 hombres hacia Oiba  y luego a Charalá, paso obligado hacia el sur”, refiere el general Valencia Tovar.

Pero Bolívar había enviado al coronel Fortoul a Pamplona y a Antonio Morales hacia El Socorro, para asumir el mando de los grupos insurgentes. Fortoul logró coordinar un contingente de campesinos de Charalá y con éste buscó cerrar el paso al ejército de González. El combate se produjo a orillas del río Pienta. Tras un violento enfrentamiento, los realistas consiguieron forzar la posición. “Allí pereció, ultimada por soldados realistas, Helena Santos Rosillo, sobrina de Antonia” -señala Valencia Tovar-.

Pero esos esfuerzos y sacrificios lograron demorar la llegada de refuerzos a Barreiro, lo que probablemente resultó crucial.

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Luego, el 7 de agosto de 1819, en la Batalla del Puente de Boyacá, combatieron a órdenes de Bolívar, Evangelista Tamayo, natural de Tunja, y Juana Rodríguez, quien resultó herida en una pierna.

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Tras la derrota y la captura de Barreiro en Boyacá, y la fuga de Sámano, Bolívar y su ejército, entraron triunfantes en Santafé, siendo homenajeados por la ciudad. Alegres desfilaron “bajo lluvia de flores y el estruendo de músicas marciales”.

Refiere Paulo Forero que la nueva junta de gobierno de la ciudad escogió a “veinte señoritas, todas jóvenes y hermosas, para que regasen de rosas el sendero de los vencedores. El único requisito para la escogencia era que las veinte doncellas fuesen hijas de mártires de la Independencia”. Luego ellas les entregaron una corona de laureles de oro y les impusieron la condecoración de Boyacá, que por primera vez fue otorgada.

Fueron estas jóvenes: Dolores Vargas París, Nieves Pinzón, Bernardina Ibáñez, Josefina Navarro, Josefa Santamaría, Francisca Ortega (sobrina de Nariño), Rosa Domínguez, Mariquita de la Roche, Dionisia Caicedo, Liberata Ricaurte, Rita París, Dolores Rivas, Juana Ricaurte, Trinidad Ricaurte, Josefa Benítez, Rosa Rubio, Clara Angulo, Josefa Arce, Ignacia Briceño y Marcelina Andrade.

En los siguientes meses y años, algunas de ellas contrajeron matrimonio con sus libertadores. Así: Dolores Vargas París con el General Rafael Urdaneta; Nieves Pinzón con el coronel Narciso Yepes; Mariquita de la Roche con el coronel Joaquín París; Francisca Ortega con el coronel Francisco de Paula Vélez; Rita París con el capitán británico Enrique Mayne; Rosa Domínguez con el diplomático Pedro Gual. Otras se desposaron con civiles, principalmente santafereños:

 

 

Bolívar era un hombre generoso. En 1821 determinó ayudar a una serie de damas que a causa de la Independencia habían quedado en muy difíciles condiciones económicas. Joaquín Monsalve señala que el Libertador compró una casa, por $8.000 pesos, para doña Manuela Arias viuda de Ibáñez, y destinó parte de su sueldo como presidente a la manutención en Bogotá de:

Francisca Prieto –viuda de Camilo Torres- (mil pesos anuales), Rosa, Gertrudis y Jacinta Párraga (mil pesos anuales), Josefa Baraya (400 pesos anuales), Genoveva Ricaurte (300 pesos anuales), Josefa Bastidas (300 pesos anuales), Gabriela Barriga (200 pesos anuales), Manuela Ortega (200 pesos anuales), Marcelina Lagos (80 pesos mensuales), Dolores Olano (20 pesos mensuales), Bárbara Ortiz (20 pesos mensuales) y María de la Luz Rivadeneira (cifra sin especificar). (Monsalve, 1926, 157).

Más tarde el Libertador brindó también su ayuda a otras mujeres en Caracas, Maracaibo y Cartagena.

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Una decidida activista que se salvó de morir, gracias a la llegada de los patriotas, fue Carmen Rodríguez de Gaitán, quien se encontraba presa e iba a ser fusilada.

Tras la derrota de los españoles, muchos de ellos huyeron hacia La Mesa, en dirección al río Magdalena, y algunos incluso vendieron sus armas. Una hacendada de esa zona, doña María Agudelo de Olaya, esposa del prócer José Antonio Olaya, compró algunas de esas armas a los soldados fugitivos y las entregó a José Hilario López quien así logró conformar una patrulla que combatió a las remanentes fuerzas enemigas, hostilizó al general Calzada y liberó varios prisioneros.

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A los pocos días de los triunfos de Boyacá, Bolívar viajó a Venezuela y pernoctó en El Socorro. Allí les brindó un homenaje a Antonia Santos y a las heroínas socorranas. A éstas les dijo, entre otras cosas:

“Las madres de Esparta no preguntaban por la vida de sus hijos, sino por la victoria de su patria (…) Madres, esposas, hermanas, ¿quién podrá seguir vuestras huellas en la carrera del heroísmo? ¿Habrá hombres dignos de vosotras? No, no, Pero vosotras sois dignas de la admiración del universo y de la adoración de los libertadores de Colombia”.

 

Maestras de patriotismo

El ejército de Bolívar recibió distintas muestras de apoyo durante la campaña libertadora de 1819, “pero fueron las mujeres las que dieron la nota más alta, las que más conmovieron con sus dones al Libertador y a sus soldados, las que hicieron más por el advenimiento de la Patria, las que realizaron el milagro, según la expresión de Bolívar” (Lozano y Lozano, 1989, 388).

Las damas de distintas condiciones sociales que colaboraron con la causa de la libertad, tomaron grandes riesgos y brindaron su apoyo de distintas formas: con provisiones, con caballos, con ropas, con armas, con información valiosa, actuando como enfermeras, como guías, como guerreras, con la entrega de sus hijos, con el sacrificio de sus bienes, su tranquilidad, su salud y a veces de sus vidas.

Todas ellas fueron maestras de patriotismo, ejemplos de grandeza, de desprendimiento, de solidaridad, de sacrificio, de inteligencia, de osadía.

Su concurso resultó vital para el éxito de la campaña libertadora. Por eso debemos honrar no sólo a los bravos soldados que nos dieron la libertad, sino a las mujeres –de todas las edades y condiciones sociales- que también lo hicieron posible.